¿Somos ignorantes? ¿seámoslo siempre? (2/6)
II.
“Si la desigualdad social de los humanos no es una causa natural, seamos conscientes de nuestra infamia”
Charles Darwin, 1831
La desigualdad es evidente pero
difícilmente cuantificable[1].
Aunque se redujo la pobreza extrema, las desigualdades persisten y son fuente
de conflicto. Es una realidad: educación y salud pública de muy mala calidad,
sistemas de transporte y redes de comunicación desintegrados, acceso
insuficiente a servicios básicos. Debería ser una fuente de preocupación y de
indignación. En el presente texto, busco mostrar el vínculo de la desigualdad con el
atraso del país y proponer medidas al respecto. Si queremos mirar con mayor
optimismo al futuro, empecemos solucionando este problema crítico.
Cuando analizamos el porqué
estamos en la situación actual, lejos del desarrollo de otros países, el
argumento favorito de muchas personas (y economistas) es culparnos a nosotros
mismos: somos un país con muchas personas “ignorantes” y con falta de “cultura”, incapaces de elegir lo mejor para el país.
No es así. No somos ignorantes: ni los
líderes del país, ni los pobladores que se oponen a un gran proyecto. No somos menos humanos
que las personas de países más desarrollados. Puede faltar educación, pero
seguimos actuando y tomando decisiones de acuerdo a lo que consideramos mejor
(de la misma manera que un empresario busca maximizar su beneficio). Nadie es
ignorante, ningún poblador de cualquier región del país, todos responden a sus
propios intereses. Es muy fácil ahora culparnos entre nosotros, acusarnos mutuamente
de viveza, de incultos, de ignorantes. Así empezamos a diferenciarnos, a
considerarnos mejor que otros, a condenar al país a esa división histórica. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
La economía busca explicar la
manera como los individuos buscan distribuir recursos escasos cuando se
presentan necesidades infinitas. Para ello se basa en la elección racional: no
estamos locos, sino respondemos a incentivos. Estos principios se aplican en
todo el mundo, sin embargo, lo que diferencia a unos países de otros, es la
gran estructura social, económica y política “construida” en cada lugar, y la cual ha llevado al Perú a la realidad actual. Esta
misma estructura es la que presenta ahora grandes desigualdades. Quiero
mostrar la manera como se forjó esta situación, realizando un análisis más
económico que histórico[2].
Este tipo de análisis me permite presentar herramientas y soluciones más
concretas, aplicables al presente, y evita quedarnos en lamentaciones del pasado.
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| El mundo todavía presenta grandes problemas por resolver, no se ha encontrado el sistema ideal. |
La economía, como ciencia
independiente, tiene su origen hace casi 250 años, con la publicación del libro
“La riqueza de las naciones” de Adam Smith. Durante este tiempo,
diferentes pensamientos económicos han rivalizado y algunos han sido más aceptados que otros en determinados momentos y
en ciertos países. La economía y la política se han vinculado estrechamente y han
surgido diferentes corrientes de pensamiento y acción. Se ha experimentado mucho: desde
el comunismo propuesto por Marx a planteamientos más liberales; se han
presentado modelos clásicos, keynesianos, monetaristas,… todos con diferentes
herramientas para una mejor gestión económica. Bajo estos principios (o una
mezcla de ellos), cada país ha diseñado sus políticas económicas, y ha organizado sus recursos en búsqueda de
satisfacer sus necesidades (que siempre son mayores). Algunos países lo han
conseguido con mayor éxito que otros.
Adam Smith afirmó que los intereses de los agentes económicos motivaban su accionar (revisar cita final). De este modo, bajo una división del
trabajo y las decisiones racionales de los individuos, se lograba un equilibrio
en los mercados, sin necesidad de mayor intervención. Así, para llegar a esta
situación, únicamente se requería que las decisiones que las personas tomaran, respondieran
siempre a incentivos económicos. Sin embargo, estos mismos incentivos podían
actuar perversamente y llevar a una situación no deseada (las cuales también son conocidas económicamente
como “fallas de mercado”). Incluso se desatarían
crisis económicas provocadas por la falta de regulación al respecto. Así Keynes exigió, en su
momento, mayor intervención del Gobierno en búsqueda de solucionar la crisis y encontrar un mejor equilibrio entre la oferta y la demanda
agregada (desplazando la segunda a través del gasto público) y alcanzando así un mayor bienestar. En tiempos actuales, falta dar
un paso más para analizar el papel de la economía dentro de las “fallas de
mercado” que generan las grandes desigualdades (y que varían de un país a otro). De este modo, así como Keynes lo hizo en su momento, se busca proponer ciertas acciones.
La historia económica sí nos
propone ciertas herramientas como punto de partida del análisis. Inicialmente, me centraré en el papel de los incentivos e intereses económicos dentro de
la sociedad y sus consecuencias. Para ello se tomarán en cuenta dos
aproximaciones: en primer lugar, la manera como los intereses económicos pueden acrecentar las diferencias sociales y,
en segundo lugar, el modo como estos mismos
intereses ponen en riesgo las reformas y programas necesarios para combatir los
problemas económicos y sociales del
país. De cierto modo, ambos puntos impiden una mejor estructura
institucional, social y económica del país. Por ese mismo motivo, no se pueden "copiar" modelos aplicados en otros países y esperar que resulten en el Perú. Si queremos lograr el progreso y reducir la desigualdad debemos cambiar los incentivos que llevan a las personas a tomar decisiones "equivocadas" (por ejemplo, oponerse a un proyecto de inversión que no tiene impacto ambiental negativo y sí genera grandes beneficios) y que se dan en todos los niveles: Gobierno, dirigentes y pobladores. No esperemos que de un momento a otro, los pobladores cambien su manera de pensar respecto a cuestiones críticas. Es fácil criticar de afuera, pero son pocos los que se atreven a desafiar al orden político, social y económico que nos ha llevado a la realidad desigual actual.
“No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés.”
Adam Smith, 1776
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