¿Cómo construir un mejor país? (6/6)

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“La mejor manera de predecir el futuro es creándolo” – Peter Drucker

Todos queremos un mejor país pero no nos ponemos de acuerdo en cómo lograrlo. Siguiendo y para finalizar las reflexiones, quiero aportar una mirada diferente, combinando diferentes elementos económicos, sociales y políticos en la búsqueda del reformar nuestra manera de proceder e implementar cambios para bien.

Las acciones de las personas están respondiendo constantemente a incentivos económicos: así ocurre con las empresas y trabajadores, pero también con delincuentes y manifestantes. Así no sean siempre los motivos más evidentes, a final de cuentas rigen sus decisiones. Esta situación no es buena ni mala, es inevitable y nos debemos acomodar a ella, es casi imposible intentar cambiarla. Es también cierto que las personas buscan siempre su propio beneficio y no necesariamente el de la sociedad (cuya consecuencia siguiente es la desigualdad), pero ir en contra de sectores de la población, acusando a todos (y al mismo tiempo a nadie) de egoístas, insensibles o ignorantes no aporta tampoco una solución. Detrás de las reformas que necesita el país hay miles de intereses económicos (por ejemplo en transporte, educación, salud, ambiente, seguridad…) y existen personas organizadas que con justa razón van en búsqueda de su propio beneficio. Sin embargo, hay una organización que no puede dejarse llevar por estos intereses económicos y debe procurar la mayor neutralidad posible: el Gobierno.

No obstante considero y defiendo la postura que las políticas actuales (sobre todo económicas) están fuertemente sesgadas hacia ciertos sectores, especialmente aquellos vinculados con el mayor poder económico y que podrían garantizar un mayor crecimiento. Esta situación en la que el gobierno sigue un “piloto automático”, estaría generando la sensación de que el Ejecutivo huye de sus responsabilidades y las delega a otros actores, sobre todo a privados (es evidente en el caso de los conflictos sociales). Más aún, esta situación no es fruto de las decisiones de gobiernos de turno, sino es consecuencia de un modelo económico (más que político) que lleva más de 25 años en el Perú, el cual no es que sea equivocado, sino me preocupa que sea poco debatido en búsqueda de mejoras. Es así que por un lado se cuestiona todo el ámbito político del Gobierno (representatividad, corrupción, manejo de conflictos, instituciones, descentralización,…) pero por otro lado, el ámbito económico es poco discutido: es simplemente aceptado y ha sido tomado en los últimos años, como el “único” camino. Así, considero que es importante retroceder y buscar las causas de los grandes cuestionamientos a nuestro gobierno, el cual sí podría estar ligado a políticas económicas. En particular, me pregunto: ¿qué hace que “satanicemos” a la política pero alabemos a nuestro sistema económico?, y ¿por qué muchas veces responsabilizamos de los desaciertos a decisiones políticas y los aciertos son consecuencia del buen manejo económico lo que finalmente se traduce en desarrollo? En resumen ¿es la economía la “buena” de la película mientras la política es la “mala”?
¿Quién tiene la razón?
Estoy seguro que muchos peruanos responderían afirmativamente la última pregunta, por eso tanto descontento hacia los gobernantes y una pésima imagen de los políticos. Además, el que los últimos 3 presidentes peruanos hayan tenido, en prolongados periodos, una de las aprobaciones más bajas de todos sus pares latinoamericanos es muestra clara de que toda la responsabilidad de los problemas está recayendo sobre el poder central. Estoy seguro que, independientemente del ganador en las próximas elecciones, este panorama no va a cambiar. Este elevado descontento y poco apoyo popular, genera un ambiente de inestabilidad y poca confianza, lo que impide al Gobierno, independientemente de su inclinación política, tomar decisiones contundentes y sacar adelante reformas importantes que se necesitan (las cuales evidentemente van a tener opositores porque siempre hay afectados). De este modo, el apoyo popular y la confianza de la ciudadanía son indispensables a la hora de desafiar a estos opositores (por ejemplo, en reformas de educación o transporte); caso contrario el descontento popular va a ser captado por distintos “dirigentes”, incluso uniéndose diferentes gremios y sindicatos (con reclamos muy distintos), oponiéndose todos juntos al Gobierno, desestabilizándolo.

De este modo, si el descontento viene de la propia incapacidad del Gobierno, y el mismo es captado e incentivado por los opositores a las reformas, quienes capitalizan este malestar, e impiden la realización de proyectos importantes, entonces ¿cómo construimos un mejor país? Sinceramente no veo un arreglo “mágico” en la forma de hacer política, pero creo que sí podemos y debemos empezar reformando aspectos económicos los cuales, a la larga, permitan un fortalecimiento y mayor presencia del Estado, en vez de su debilitamiento y minimización de funciones (lastimosamente el sistema neoliberal actual promueve esto último, sin las suficientes regulaciones que se requieren en un país en vías de desarrollo como el Perú).

Para progresar en el mundo globalizado de hoy necesitamos el trabajo de todos los pobladores, y no centrarnos en algunos sectores. No obstante seguimos siendo un país dividido, incapaces de reconocer el potencial de otros peruanos y limitados en la construcción de un mejor país (preferimos acciones individuales y aisladas). Lamentablemente, la estructura económica de hoy no ayuda a superar estos problemas. A pesar de los cambios en el país (es indiscutible que afrontamos diferentes problemas a los de hace 25 años), nuestra economía se ha quedado en el pasado. Actualmente, el país mantiene la inflación controlada, la deuda es mínima y el Gobierno ha incrementado sus ingresos en gran medida: esto debería generar otro modo de tomar decisiones. En especial, necesitamos recuperar la confianza en nosotros mismos y en consecuencia, en nuestros gobernantes. Para ello es fundamental  enfocar las políticas económicas a la lucha contra la desigualdad, ya que es innegable una gran correlación entre el nivel socio-económico de una persona y su aceptación del sistema económico que seguimos.

¿Por qué tanta preocupación mía por la desigualdad? Básicamente porque la misma puede ser origen de frustraciones, ya que mientras las cifras muestran crecimiento, muchas personas perciben más desigualdad. De hecho, se han considerado los conflictos sociales como resultado de un progreso económico mal gestionado y resultado de una gran percepción de desigualdad: unos se llevan el dinero y otros siguen igual. Además, una desigualdad alta es un grave peligro para la democracia.  Es usual observar que muchos piensan que la culpa siempre es de los políticos ya que nuestro modelo económico funciona perfectamente. Justamente he querido refutar esta idea: países con grandes desigualdades (especialmente cuando las mismas surge  de un sistema económico basado en recursos naturales) pueden ser propicios a caer en regímenes autoritarios anti-democráticos de dos modos distintos: buscando una redistribución extrema (como Venezuela) o reprimiendo a aquellos que se sientes perjudicados (como algunos países árabes). No quiero que lo mismo pase en Perú y por eso considero fundamental modificar las políticas económicas, siendo la igualdad una de sus prioridades, de ese modo devolverle al Gobierno esa “neutralidad” que requiere para sacar adelante reformas y evitar conflictos; pero sobretodo, devolverle la esperanza a las personas de que es posible un mejor país. Propuestas específicas se presentan en cada elección y hay para todos los gustos, pero no todas se ajustan al panorama general que he presentado. Seguiré explorando y opinando al respecto. 


“Si toda política necesita una economía, entonces la economía determina una política; eso es lo que está pasando [con la globalización]” – José Saramago

Prueba

Estudiante de economía en la Universidad del Pacífico, Lima. Soñador respecto a una mejor país, sociedad y mundo.

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